África: Su papel en la economía mundial

Desde una perspectiva general, la participación de África en la economía mundial arroja valores escasamente representativos. Frente a la mayor importancia relativa ostentada por Asia o América Latina, el continente que nos ocupa contribuye con apenas el cuatro por ciento al producto bruto de la Tierra, en tanto que su presencia en el comercio internacional queda limitada a poco más del seis por ciento del valor total de las transacciones mercantiles. Se trata, pues, de valores reducidos, que revelan, contemplados globalmente, una posición de cierta marginalidad, ajenos a los niveles de progresión detectados en otros escenarios del mundo subdesarrollado.

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Sin embargo, cuando se analizan en detalle el funcionamiento y las tendencias de la realidad económica africana, aparecen síntomas inequívocos de integración en el sistema mundial de intercambios y relaciones desarrollados a gran escala. Y es que, a pesar de que su incorporación a las directrices de la economía mundial es tardía, pues de hecho no se materializa de manera efectiva hasta finales del siglo xix, coincidiendo con la delimitación de las grandes áreas de influencia europeas, no cabe duda de que desde entonces se asiste al despliegue de numerosas iniciativas encaminadas a la apropiación de las posibilidades económicas del continente africano, en un afán decidido por ren- tabilízar aquellas actividades mejor acomodadas a los principios que regulan la división internacional de la producción y del trabajo. De este modo se explica el desarrollo de un sistema de intervención orientado en dos direcciones primordiales.

La primera de ellas se corresponde con el decidido propósito de aprovechar al máximo las potencialidades agrarias y forestales de las regiones más idóneas desde el punto de vista ecológico. Se pasa así de un usufructo tradicionalmente basado en la caza y en el comercio del marfil a otro de nuevo tipo que centra sus objetivos en la creación de grandes explotaciones, localizadas en los sectores óptimos con el fin de favorecer el fomento de la agricultura de plantación con destino casi exclusivo a los mercados exteriores. Es la razón que justifica el empleo intensivo de cultivos de exportación tan característicos como el cacao, el cacahuete, el café, la palma de aceite, el algodón, la piña, el plátano o los agrios, que constituyen para muchos países la base esencial de sus relaciones comerciales con el extranjero, por más que en la mayor parte de los casos la dinámica de estas producciones se halle directamente vinculada al control de grandes compañías extranjeras y a las fluctuaciones de su cotización en los mercados internacionales. En el mismo sentido, cabría abundar en el alto predicamento alcanzado por la explotación del caucho y, en especial, de las maderas nobles, extraídas de los bosques existentes en el dominio ecuatorial, los cuales son objeto de un tratamiento forestal sistemático tendente a estimular el desarrollo selectivo de las especies más apetecidas por la demanda exógena. Y, por supuesto, tampoco habría que olvidar la importancia otorgada a los riquísimos caladeros de pesca del África atlántica, ubicados en la costa sahariana y en el extremo meridional (sector de Namibia-Angola), donde se localiza uno de los espacios ictiológicos más relevantes del mundo.

A idénticas premisas obedece, por otro lado, la utilización de los recursos mineros y energéticos, especialmente de aquellos en los que África ocupa un lugar preeminente a nivel internacional. El hecho de concentrar un elevado porcentaje —superior a la cuarta parte— de las reservas mundiales de hierro, bauxita, cobre, cromo, manganeso, cobalto, fosfatos, oro, platino y diamantes ha supuesto un factor de atracción inversora de primer orden, que ha cristalizado en la implantación de poderosas sociedades mineras, de filiación europea y norteamericana, convertidas a menudo en agentes, también de primer orden, en la formulación de las políticas económicas nacionales. Y, aunque en el campo de la energía la presencia del sector público sea más destacada, no menos palmarias son las conexiones que vinculan con ios centros de decisión mundial a los grandes países productores (Argelia, Libia y Nigeria en petróleo y gas natural, Níger, Sudáfrica y Gabón en la minería del uranio).

En cualquier caso, el aprovechamiento a gran escala de esta considerable riqueza natural no se ha visto compensado con la resolución de sus indudables limitaciones agrarias ni con el despegue de un auténtico proceso industrializado!*. Frente al indudable peso adquirido polla agricultura de plantación, los espacios donde esto no ha sido posible permanecen acantonados en un estadio de acusada indigencia en el uso de la tierra, agravada por la aridez, por las disfuncionalidades tecnológicas o por la marginación respecto a los programas de inversión nacionales, que relegan la readaptación y reforma del sector a un plano secundario. De ahí la grave situación en que se desenvuelven las agriculturas de subsistencia, mayoritarias a escala general y en las que la pretensión de establecer una complementariedad armoniosa entre la agricultura y la ganadería se ha visto seriamente mediatizada por los factores señalados, dando lugar en ocasiones a un problema de desabastecimiento, acompañado del hambre y la enfermedad.

En cuanto a las perspectivas de dinamización industrial, cabe enfatizar que los intentos llevados a cabo en esta dirección han sido tan esporádicos en el tiempo como restringidos en el espacio. Eminentemente considerado como un territorio productor de materias primas y como área de demanda para las manufacturas europeas, las perspectivas para impulsar la actividad transformadora han quedado en su mayor parte circunscritas a los niveles más elementales del ciclo productivo, ante la dificultad de disponer de una plataforma adecuada para la configuración de un aparato industrial consistente. No en vano la debilidad de las rentas y la estrechez de los mercados nacionales, por un lado, así como la precariedad de las infraestructuras de servicios o la falta de cuadros técnicos y de mano de obra cualificada, por otro, determinan la aparición de fuertes servidumbres funcionales, que otorgan escasa viabilidad a los programas de industrialización acometidos con no poco voluntarismo por parte de algunos estados. Bastaría recordar las frustraciones acumuladas, por ejemplo, con los proyectos industrializadores acometidos por Argelia —a partir del modelo de industrias industrializantes— o por Costa de Marfil —apoyado en el empleo masivo de sus recursos financieros— para entender hasta qué punto el porvenir industrial de África tropieza con obstáculos estructurales que hunden sus raíces en la propia desarticulación económica de la mayoría de los países, incluso de los que han logrado disponer de una base de recursos asentada en la producción petrolífera. Y es precisamente esta falta de integración la que genera situaciones de bloqueo muy difícilmente superables en un contexto en el que los proyectos de coordinación supranacional han resultado fallidos.

Los débiles e insuficientes cambios operados en las actividades ligadas a la producción explican la persistencia de una población activa con marcados rasgos de arcaísmo. El peso dominante del llamado sector primario como aglutinante de más de la mitad de las personas activas, eclipsa por completo la entidad de quienes se ocupan en las tareas transformadoras (20 %), aunque bien es cierto que el proceso de urbanización tiende a favorecer el incremento del sector terciario, que en la actualidad representa casi la tercera parte de la actividad laboral. Mas, en realidad, se trata de un terciario muy contrastado, ya que, haciendo salvedad de una fracción minoritaria, su importancia responde al auge que le proporciona el robustecimiento de las funciones administrativas y, sobre todo, a la proliferación de una trama de servicios informales, de muy escasa o nula cualificación, propios de la economía irregular a la que propenden con fuerza extraordinaria las formas de vida urbanas en las sociedades subdesarrolladas.

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